Hoy comí fuera.
Como alguno que otro sábado, vaya.
No conté calorías, no pesé nada, ni le pregunté al del kebab si la salsa era basada en "comida real" xd o de la que te hace ir por la pata abajo...
Comí. Y punto.
El problema no es la comida de fuera.
El problema empieza después…
Cuando llega la noche y, como ya no sabes qué comiste, ni cuánta cantidad, ni si fue “saludable”…
Le mandas un audio mental a tu conciencia diciendo:
“De perdidos al río.”
Y acabas cenando cualquier mierdón que te cruces: pizza, cereales, helado o un McDonald’s que ni te apetece pero ahí va.
“Total, ya la he liado”.
No... No has liado nada.
Comer fuera forma parte de la vida.
Lo que sí te está jodiendo la relación con la comida es pensar que una comida desorganiza toda tu rutina.
Y no debería.
Lo que quiero decirte aquí también es que mañana vuelvas a comer tu comida, normal, comida que te guste pero no te vuelvas loca haciendo ayunos por compensar...
Si comes fuera, disfruta.
Y luego, por la noche, aunque no sea una ensalada de quinoa ecológica con sal del Himalaya… al menos algo que no te haga sentir culpable después.
Eso es lo que hace la diferencia a largo plazo.
Eso es lo que hace que una alumna mía hoy diga: “Alberto, esta semana no me he sentido en guerra con la comida”.
Si tú también quieres dejar esa guerra, responde a este email y te cuento cómo lo trabajamos en el programa.
Alberto


